“El Primer Hombre y la Primer Mujer
alzaron las miradas,
descubriendo el Paraíso.
¿Pero era ese su verdadero lugar?”
Capítulo 2
Bajo los Encantos de la Piel del Dragón
Ja... Es tan curioso tenerte aquí frente a mi, escuchando lo que tengo para decir. A tan pocas personas les importa la historia de vida del otro, que da escalofríos ¿Cómo a un ser tan curioso por naturaleza no le puede llegar a interesar escuchar algo así?
Yo he prestado tanto mi tiempo a otros, que hasta llegó a traicionarme mi buena memoria y mezclo anécdotas. Puedo contarte de principio a fin la vida de cada auto historiador que confesó sus días; y muchos estuvieron sentados en tu lugar.
Y yo siempre busco el mismo lugar para sentarme y hablar. Tal vez, algo que me quedó del Oeste; tengo esa incomodidad ante lo diferente, pero un gran gusto ante un cambio inmediatamente favorable.
Adoro aprender palabras nuevas que pueda usar y que consigan confundir. Son un pequeño misterio, fácil de resolver y seguramente, pasarás un momento intentando descubrir que significa. Y entonces, guardarás un segundo de mi historia para ti. Y cada vez que uses esa palabra, me recordarás.
Al fin y al cabo, para eso vivimos los alquimistas.
Las palabras dan el verdadero valor a las cosas y las pueden hacer hermosas, aún siendo f
eas. Les dan magia y un misterio a revelar.
Fué cuando se cruzó en mi camino un niño, que aprendí a encerrar miles de palabras en una sola. No había tiempo para hablar en esos días, y las palabras nunca significaron nada en el Oeste. Pero nosotros nos entendíamos.
Su nombre era Panus. Tenía unos ojos claros, aún más celestes que el cielo, que centellaban como el mar. Brillantes como el sol y cristalinos como el agua. Dos enormes cielos plateados llenos de la más pura inocencia. La fingían muy bien. A veces los nublaban unas nubes de fibras rubias y otras, se ahogaban en lágrimas, que jamás pude descifrar.
Yo he prestado tanto mi tiempo a otros, que hasta llegó a traicionarme mi buena memoria y mezclo anécdotas. Puedo contarte de principio a fin la vida de cada auto historiador que confesó sus días; y muchos estuvieron sentados en tu lugar.
Y yo siempre busco el mismo lugar para sentarme y hablar. Tal vez, algo que me quedó del Oeste; tengo esa incomodidad ante lo diferente, pero un gran gusto ante un cambio inmediatamente favorable.
Adoro aprender palabras nuevas que pueda usar y que consigan confundir. Son un pequeño misterio, fácil de resolver y seguramente, pasarás un momento intentando descubrir que significa. Y entonces, guardarás un segundo de mi historia para ti. Y cada vez que uses esa palabra, me recordarás.
Al fin y al cabo, para eso vivimos los alquimistas.
Las palabras dan el verdadero valor a las cosas y las pueden hacer hermosas, aún siendo f
eas. Les dan magia y un misterio a revelar.Fué cuando se cruzó en mi camino un niño, que aprendí a encerrar miles de palabras en una sola. No había tiempo para hablar en esos días, y las palabras nunca significaron nada en el Oeste. Pero nosotros nos entendíamos.
Su nombre era Panus. Tenía unos ojos claros, aún más celestes que el cielo, que centellaban como el mar. Brillantes como el sol y cristalinos como el agua. Dos enormes cielos plateados llenos de la más pura inocencia. La fingían muy bien. A veces los nublaban unas nubes de fibras rubias y otras, se ahogaban en lágrimas, que jamás pude descifrar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario