El hombre abrió la ventana; un ave azul se apresuró a atravesarla y entrar. Se posó sobre la mesa y dio unos pocos pasos antes de comenzar a cantar. El hombre, ya mayor, no movió ni un músculo ¿Cuándo había sido la última vez que había escuchado cantar a un ave desde tan cerca?
El color azul de aquel pájaro, le hizo creer que no se asustaría al verle o cuando se acercase; pero sólo bastó un leve movimiento del hombre para que el ave saliese huyendo.
Pronto, todas las puerta y ventanas de la casa fueron casi selladas. Aún cuando el hombre sufría de una delicada salud, no le importó, no permitiría que aquel bello cantar se fuese por donde entró. Hacia calor aquel día y así los siguientes. Sol pleno todas las mañanas y el bello cantar de aquel pájaro azul.
El hombre se levantaba y escuchaba aquella melodía. El pájaro se posaba siempre cerca de él. Cada vez más cerca y más cerca. No llegó a comer de su mano, pero sí a compartir la mesa.
La salud del hombre empeoró. Por el encierro, pronto no pudo levantarse de la cama. Pero le contentaba escuchar al ave cantar. Prefería morir por el encierro que perder aquella voz.
Pasaron los días. El ave azul, ahora posada sobre el respaldo de su cama, comenzó a cantar una nueva melodía. El hombre le confesó tantas cosas aquel día; ambos conversaron de alguna manera. Pasado otro tiempo, el ave ya había hecho un nido; ahora buscaba una compañera.
En la mañana, el pájaro azul rogaba salir, pero el hombre, no se lo permitió.
A la mañana siguiente, el ave cantó su melodía recostado en su nido... quizás, alguna compañera encontraría la forma de entrar.
La tarde trajo un nuevo canto, pero aquella ventana, no se abrió.
El amanecer enrojecía el interior de la casa. El hombre se levantó, su cuerpo había recuperado fuerzas. Pero entonces notó que el ave azul no había cantado aquella mañana. Lo buscó y buscó ¿Habría escapado? Finalmente lo vio, posado en la ventana, acurrucado por el frío. Aquel día, había llegado el invierno y con él la nieve.