martes, 23 de junio de 2009

El Ave Azul

El hombre abrió la ventana; un ave azul se apresuró a atravesarla y entrar. Se posó sobre la mesa y dio unos pocos pasos antes de comenzar a cantar. El hombre, ya mayor, no movió ni un músculo ¿Cuándo había sido la última vez que había escuchado cantar a un ave desde tan cerca?

El color azul de aquel pájaro, le hizo creer que no se asustaría al verle o cuando se acercase; pero sólo bastó un leve movimiento del hombre para que el ave saliese huyendo.

Pronto, todas las puerta y ventanas de la casa fueron casi selladas. Aún cuando el hombre sufría de una delicada salud, no le importó, no permitiría que aquel bello cantar se fuese por donde entró. Hacia calor aquel día y así los siguientes. Sol pleno todas las mañanas y el bello cantar de aquel pájaro azul.

El hombre se levantaba y escuchaba aquella melodía. El pájaro se posaba siempre cerca de él. Cada vez más cerca y más cerca. No llegó a comer de su mano, pero sí a compartir la mesa.

La salud del hombre empeoró. Por el encierro, pronto no pudo levantarse de la cama. Pero le contentaba escuchar al ave cantar. Prefería morir por el encierro que perder aquella voz.

Pasaron los días. El ave azul, ahora posada sobre el respaldo de su cama, comenzó a cantar una nueva melodía. El hombre le confesó tantas cosas aquel día; ambos conversaron de alguna manera. Pasado otro tiempo, el ave ya había hecho un nido; ahora buscaba una compañera.

En la mañana, el pájaro azul rogaba salir, pero el hombre, no se lo permitió.

A la mañana siguiente, el ave cantó su melodía recostado en su nido... quizás, alguna compañera encontraría la forma de entrar.

La tarde trajo un nuevo canto, pero aquella ventana, no se abrió.

El amanecer enrojecía el interior de la casa. El hombre se levantó, su cuerpo había recuperado fuerzas. Pero entonces notó que el ave azul no había cantado aquella mañana. Lo buscó y buscó ¿Habría escapado? Finalmente lo vio, posado en la ventana, acurrucado por el frío. Aquel día, había llegado el invierno y con él la nieve.

Con los ojos envueltos en lágrimas, el hombre tomó al pájaro azul y lo cobijó entre sus brazos. Dejó la ventana abierta, con la esperanza de que otro cantor se apurase por ella... porque esa pobre ave, jamás volvería a cantar.

"En Busca del Paraiso"


“Cuando el Primer Hombre

y la Primera Mujer salieron al Mundo,

descubrieron cuán maravillosa era la vida en el Jardín

y lloraron…

Pero no perdieron las esperanzas”

Capítulo 7

Las Dos Caras del Dragón



Cuando llegas a la Ciudad Capital, lo primero que ves, son la Torres de Vigilancia. Son como gigantes que van avanzando hacia ti, pero cuando pasas cerca de ellos, los ojos te engañan y es como si fuesen a caer sobre ti.

Dan miedo… Te hacen sentir pequeño.

El hombre es creador de monstruos, de eso no hay duda. Pero créeme, que una vez que te encuentras frente a esas torres, los homunculus no son más que gatitos sin dueño. Las maderas viejas, muertas de toda vida y comidas por termitas, oscurecidas por el tiempo, secas… Pero no es el aspecto lo que inhibe tanto, sino la altura que engaña a los ojos.

Algunos bajaron las cabezas, cuando comenzamos a pasar junto a las torres, temerosos de que alguna cayera, por un leve soplido del viento.

La Ciudad Capital parece una viílla enorme al principio, una vez que superas la impresión de las torres; ver las oficinas de los Mensajeros, hace que uno se sienta en casa y permiten dar un respiro, antes de volver a sofocarse por el desconcierto.

Te sientes solo, como un desconocido en tu propio hogar.

A medida que te acercas al centro de la ciudad, la tierra es cambia por calles de piedra, que arrullan bajo las ruedas.

Miré fuera de la carreta, al descubrir a lo lejos, otro grupo de viajeros y poco después, apareció otra carreta colmada de personas. De alguna manera te sientes mejor al saber que no eres el único.

Pero sin haber superado la impresión de las torres, de pronto el sol es cubierto por una inmensa ballena… Juro que perdí el aliento cuando aquel edificio apareció ante mí, a un lado de la carreta. Y a él le siguieron otros.

En verdad parecían ballenas que iban pasando una tras una. Pero sólo se trataba de los hoteles, unos inmensos edificios que inhibían a cualquiera de trotar de un extremo a otro…

Toda mi vida había vivido en el pueblo, donde se necesitarían tres casas de dos pisos para superar a los hoteles de tres pisos que habían en la Capital. Incluso, el espacio entre uno y otro, más la altura, hacía que el sol jamás pudiese tocar algunos rincones…

Chasmodai se me acercó, intentando llamar mi atención, porque yo había quedado perplejo antes aquellos monstruos. Sientes ganas de llorar, miedo… Temes que los edificios te caigan encima. Miré a Indri, a quien la boca le temblaba y parecía a punto de llorar; cuando se volvió a mi pude ver el terror en su mirada…

¿Dónde estábamos…?


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