“Cuando el Primer Hombre
y la Primera Mujer salieron al Mundo,
descubrieron cuán maravillosa era la vida en el Jardín
y lloraron…
Pero no perdieron las esperanzas”
Las Dos Caras del Dragón
Cuando llegas a la Ciudad Capital, lo primero que ves, son la Torres de Vigilancia. Son como gigantes que van avanzando hacia ti, pero cuando pasas cerca de ellos, los ojos te engañan y es como si fuesen a caer sobre ti.
Dan miedo… Te hacen sentir pequeño.
El hombre es creador de monstruos, de eso no hay duda. Pero créeme, que una vez que te encuentras frente a esas torres, los homunculus no son más que gatitos sin dueño. Las maderas viejas, muertas de toda vida y comidas por termitas, oscurecidas por el tiempo, secas… Pero no es el aspecto lo que inhibe tanto, sino la altura que engaña a los ojos.
Algunos bajaron las cabezas, cuando comenzamos a pasar junto a las torres, temerosos de que alguna cayera, por un leve soplido del viento.
La Ciudad Capital parece una viílla enorme al principio, una vez que superas la impresión de las torres; ver las oficinas de los Mensajeros, hace que uno se sienta en casa y permiten dar un respiro, antes de volver a sofocarse por el desconcierto.
Te sientes solo, como un desconocido en tu propio hogar.
A medida que te acercas al centro de la ciudad, la tierra es cambia por calles de piedra, que arrullan bajo las ruedas.
Miré fuera de la carreta, al descubrir a lo lejos, otro grupo de viajeros y poco después, apareció otra carreta colmada de personas. De alguna manera te sientes mejor al saber que no eres el único.
Pero sin haber superado la impresión de las torres, de pronto el sol es cubierto por una inmensa ballena… Juro que perdí el aliento cuando aquel edificio apareció ante mí, a un lado de la carreta. Y a él le siguieron otros.
En verdad parecían ballenas que iban pasando una tras una. Pero sólo se trataba de los hoteles, unos inmensos edificios que inhibían a cualquiera de trotar de un extremo a otro…
Toda mi vida había vivido en el pueblo, donde se necesitarían tres casas de dos pisos para superar a los hoteles de tres pisos que habían en la Capital. Incluso, el espacio entre uno y otro, más la altura, hacía que el sol jamás pudiese tocar algunos rincones…
Chasmodai se me acercó, intentando llamar mi atención, porque yo había quedado perplejo antes aquellos monstruos. Sientes ganas de llorar, miedo… Temes que los edificios te caigan encima. Miré a Indri, a quien la boca le temblaba y parecía a punto de llorar; cuando se volvió a mi pude ver el terror en su mirada…
¿Dónde estábamos…?
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